Habíamos discutido feo. El auto de Cecilia (lo que más quería ella) tenía todos los vidrios rotos. Mis libros del siglo XVII (lo que más quería yo) estaban desparramados y deshojados por la avenida. Las hojas revoloteaban al paso de los coches y colectivos, como testigos mudas de un otoño irreversible. Nuestras dos hijas (lo que más queríamos nosotros) lloraban con una aflicción infinita, y un poco de susto. Cecilia lloraba en el suelo, junto a una montaña de vajilla hecha pedazos. Yo estaba de pie; todavía conservaba en la mano el bate de béisbol. “¿Y ahora quién lavará los platos rotos?” – me preguntó desde el piso. Tuve ganas de reír y llorar al mismo tiempo.


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