11 agosto 2006

EL INGLES

Una vez un amigo inglés que vivía con su abuela en Buenos Aires tuvo que viajar. Tenía dos departamentos; en uno vivía él y en el otro la vieja. Era una señora mayor. Bastante mayor. Creo que tenía ciento dos años. El asunto es que yo me quedaba en su departamento, cuidándoselo, y dos o tres veces por día debía hecharle un vistazo a la vieja, en el departamento contiguo. Fuimos al supermercado, hizo una compra grande para su abuela y a mi me dejó dinero en efectivo, para mis gastos y para que le lleve a diario a su abuela las cosas perecederas, leche, pan o algo que necesitase. También me dejó un dinero extra por si un remedio o por si las moscas. El chabón se iba a ausentar veinte días. A los dos días de su partida, yo ya había liquidado mi paga, la guita del pan y la leche de la abuela y el dinero extra por si un remedio o por si las moscas también. Me lo gasté en putas y droga. De ahí en más me importaba muy poco lo que sucediese. Tal vez el avión de mi amigo se estrellase a su regreso. O tal vez esa misma tarde me pisase un camión; con acoplado. Me encerré tres o cuatro días para estar tranquilo y deprimirme un cacho; pero luego de ese lapso decidí salir un mediodía de mi encierro porque me estaba doblando en dos de hambre. Me acordé que David le había dejado la heladera llena a su abuela; y me acordé también que hacía casi una semana que no la visitaba. En realidad no había ido nunca desde la partida de mi amigo. Me dirigí al bulo de la vieja con el fin de morfarme un bocadillo y de paso saber si aún seguía viva.
“Hola David. Hace mucho que no vienes a visitarme, pasa, pasa, hijo mío” – se confundió la anciana.
“No soy David” -le respondí
“Sí, sí, por eso te esperaba; debo decirte que hoy tu madre estuvo aquí y me sigue haciendo las mismas perradas de siempre” –Continuó la vieja. “Me quemó con la plancha la enagua rosa de seda que me regaló Delia para mi casamiento”
“No soy David” – le grité bien fuerte, por si además de vieja pelotuda encima fuese sorda; pero nada, la tipa me seguía llamando David.
No se trataba de sordera. Pronto entendí que la pobre andaba perdida vaya a saber por qué épocas y lugares, ya que la mamá de David había muerto hacía ya muchos años.
Mientras la miraba y la escuchaba divagar comprendí que no se podía establecer ningún tipo de comunicación coherente con una anciana gagá. Ella estaba en su mundo. Y yo en el mío. Y en el mío mi estómago buscaba en el diccionario la palabra “comida”, ya que no recordaba su significado. Rumbié para la heladera mientras la chabona continuaba con sus boludeces. Abrí un paquete de salchichas parrilleras importadas de viena, que comencé a devorar frías, con la mano, a la vez que vaciaba del pico una botella de Valderrobles Malbecq bien helada. Pan no había. “Vieja canalla”, -pensé. “No tiene pan”. Luego recordé al culpable. Había queso roquefort, manzanas, sardinas. “El jardín de las delicias”- pensé. Como la tipa estaba senil, y yo estaba más contento que puto con dos culos, aproveché la ocasión para seguirle la corriente en una charla de locos, a la par que comencé a bailar la coreografía más absurda de mi vida. Traté de bailar de la forma más ridícula que un ser humano se haya jamás animado a bailar. Delante de sus narices, mientras me morfaba su comida, bailé flamenco, bailé can can, bailé charleston, bailé twist, bailé árabe, hice la escena de Liza Minelli en Cabaret, con silla y todo. La vieja ni se inmutó. Continuó con su soliloquio delirante de muertos presentes y minucias de ajuares destruídos. Una vez que me hube atiborrado de exquisiteces y liquidado dos botellas de Malbecq, hice mutis por la puerta, agitando un sombrero invisible al son de wa-wá-wa-wáaaaaaaaaaaaaaaaa!!!! y me dirigí rumbo a mi departamento.

09 agosto 2006

ACERCA DE LA COMUNICACION


Marco un número de teléfono y escucho; da ocupado. Espero con el auricular en la oreja; sigue –lógicamente, ya que no corté- el tono de ocupado. No tengo ganas de cortar y no voy a hacerlo. Si permanezco en esta tesitura obstinada, sin colgar y esperando, ¿qué probabilidades hay de que en un tiempo determinado me contesten del otro lado? ¿Cuánto tiempo transcurriría? ¿Existe alguna probabilidad, aunque sea una en diez mil trillones? ¿Debería esperar doce, veintisiete, setenta y seis años tal vez? Puede parecer absurdo, lo sé, y sin embargo a veces paso largas horas pensando qué sucedería si de pronto se me antojase permanecer así, con el tubo en la oreja esperando una improbable respuesta del otro lado; cualquier respuesta; de cualquier persona. Y no decirle a nadie mi determinación. Que vengan, me llamen a comer, me pregunten qué hago ahí sentado como un tarado con el tubo en la oreja hace ya más de tres horas y nada, yo mudo y esperando. Que adivinen, que intuyan lo que deseo. Que averigüen adonde llamé. Que salgan corriendo y le avisen al destinatario que corte de una vez. De todas formas, cortando únicamente del otro lado no se produciría la comunicación hasta que yo no haga lo mismo de este lado para volver a discar; y no pienso hacerlo. Que vayan entonces a la compañía de teléfonos y que a través de ruegos o sobornos logren que, mediante algún artilugio técnico en la central, me comunique con alguien pese a no haber colgado yo el auricular. ¿Habrá alguien capaz de intuir mi disparatada voluntad? Y en el supuesto e improbable caso de que existiese un ser que hubiese adivinado mi propósito, ¿Gastaría medios, tiempo, energía, recursos; se abocaría de lleno a una tarea que tal vez le insuma días o semanas y un montón de dinero, para satisfacer mi resolución? Yo, obstinadamente inmóvil, esperando absurdamente, tercamente, una respuesta con probabilidades astronómicamente desmesuradas en mi contra. Y el ser humano en general, ¿no es en mayor o menor medida, de un modo u otro ese ser absurdamente encaprichado, con anhelos similarmente ocultos y disparatados, que espera que otro ser, mágicamente descubra, intuya el propósito al cual se ha abocado en forma irrevocable y secreta, y trata por todos los medios de hacer cumplir su inefable quimera, de satisfacer y llenar ese hueco, ese abismo metafísico?

EXAMEN FINAL DE CRITERIOS POETICOS II PARA LA CARRERA DE POETA EN PANTUFLAS


Si una persona se enamora de una chica de 22 años y le escribe doce poemas de amor que luego de nueve años es publicado por una editorial con muchísimo éxito, lo cual produce un alza en las acciones de la editorial en el orden del 306,07% ¿Cuánto habría sido el alza si el tipo se hubiese enamorado de una chica de 17?