18 septiembre 2006

CORRESPONDENCIA

Mail enviado por mi hermano del alma, Iuseff, el 6 de febrero:
“vanito, none etá?”
Respuesta mía del 7/2 :
“vanito se ta poniendo lo pantalone
juguemo en el bosque mientra vanito no ta
¿vanito ta?
no. vanito se ta fumando un fasito.
Qué bonito
juguemo en el bosque mientra vanito no ta
¿vanito ta?
no. vanito ta perdiendo la campera
juguemo en el bosque mientra vanito no ta
¿vanito ta?
no. vanito ta perdiendo su segunda campera
juguemo en el bosque mientra vanito no ta
¿vanito ta?
Y así sucesivamente con sucesivas estupideces cometidas por mí en días risueños que parecen una fiesta perpetua que no termina jamás Corolario: Si tendría que perderlas de nuevo, lo haría gustoso, de veras. La primera fue allá por julio o agosto. En la puerta del negocio que atiendo hay una parada de colectivos que cruzan el puente sobre el río Chimehuín. Los fines de semana pasan cada hora, u hora y media. Un sábado a la noche salgo a la vereda en donde coloqué un banco de plaza. Me siento a fumarme un cigarro, de los que hacen mal, y a veces también de los que hacen bien. En la parada hay una chica de unos 25/30 años que me pregunta si ya pasó el de las equis y cuarto. Que me parece que si, que ahora que pienso no, que adonde vas, que qué hago yo en el cyber, etc. Nos ponemos a hablar, pero muchas ilusiones no me hago; es realmente muy pero muy linda. En un punto se abraza con ademán de frío. Le ofrezco prestada mi campera, en un verdadero gesto de gentleman jipón, mi campera stone de 180 pesos. La acepta con una sonrisa de piano steinway de 84000 teclas. Me doy cuenta entonces que voy bien, ya que pocas mujeres podrían llegar a sus casas con la campera de un hombre sin tener que responder algunas preguntas. Seguimos charlando, y mientras tanto se van incorporando parroquianos que también esperan el bondi. Como en todo pueblo chico, todo el mundo se conoce, así que se arma una charla de seis o siete personas. Está la cajera del supermercado, el expendedor de la estación de servicio y otras personas más que no conozco. Así que no me animo a encararme a la chabona delante de tanta gente. Entro al negocio, escribo en un pedazo de papel: "No se para qué esperaste tanto tiempo el colectivo, si los ángeles pueden volar", y se lo entrego doblado, delante de toda la gente, diciéndole: “Acá esta la dirección de la empresa que me pediste”. Acepta el papel con una sonrisa cómplice; justo llega el colectivo. Suben todos. Ella se sienta en el primer asiento de uno. Me mira a través de la ventanilla y se sonríe, se mete la mano en el bolsillo de la campera y me muestra el papelito. Se dispone a leerlo. Arranca el colectivo. No la volví a ver nunca más. Mis amigos me cargan, me dicen que me la choreó. A mi me gustaría creer que era el verdadero amor de mi vida, y que ella estaba ansiosa por volver a verme y devolvérmela con olorcito a su perfume preferido, pero que tal vez tuvo un accidente y murió. Y yo no me voy a enterar nunca.

La otra la perdí de forma menos romántica y más pelotudamente. Me fui a tomar sol a un barco hundido y me la olvidé en la cubierta.

Te quiere mucho, tu pelotudo hermano Ivan”.

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